Brasil: crisis política, económica y social

Un nuevo escándalo de corrupción, afectando directamente al presidente Temer, estalló en Brasil.

Se conoció una grabación en la que Temer negocia un soborno ante los dueños del grupo frigorífico JBS, para comprar el silencio de un diputado preso desde octubre del año pasado. 

El Supremo Tribunal Federal (STF) anunció que autorizó la apertura de una investigación contra Temer por presunto intento de obstrucción de la Justicia. Inmediatamente, por las redes sociales, se convocó a nuevas protestas contra el presidente. En San Pablo, miles de manifestantes se concentraron en la Avenida Paulista exigiendo la renuncia de Temer y la convocatoria a elecciones directas. También se producían concentraciones en otras ciudades, al momento de escribir esta nota, 21 de mayo.

 Pese a que se suponía que Temer, cuyos índices de aprobación se calculan entre un 4 y un 9%, según las consultoras, iba a renunciar, pasó a la contraofensiva, diciendo que las grabaciones estaban fraguadas. 

Más allá de sus contradicciones, un sector de las clases dominantes brasileñas están interesadas en que Temer complete “sus tareas”. Las reformas de Temer están en un momento clave: la Cámara de Diputados dio media sanción a la ley laboral que modifica la normativa de 1943 y deja en manos de los trabajadores y no de los sindicatos la negociación salarial, además de reducir las obligaciones patronales y evitar la justicia laboral. También se quiere aprobar un régimen de tercerizaciones.

El sistema de jubilaciones y pensiones tiene que ser modificado a través de una enmienda constitucional: el tema está en comisión y debe ser votado en mayo. Aumentan, en promedio, de ¡30 a 40 años!, los aportes necesarios para tener la jubilación completa.

Tanto el ex presidente Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), como sus ex aliados del Partido Movimiento Democrático Brasileño PMDB, al cual pertenece Temer, como sus opositores, como Aecio Neves del Partido Socialdemócrata Brasileño PSB, y decenas de legisladores nacionales o estaduales, ministros y ex ministros, están acusados de corrupción en el llamado Petrolao, o Lava Jato. 

Esta causa comenzó en el 2014, con la investigación de la corrupción en Petrobras, la empresa estatal de petróleo de Brasil. Ahí se pagaron coimas millonarias por parte de empresas de la construcción, particularmente Odebrecht, Camargo Correa, Andrade Gutiérrez, OAS, que actuaron cartelizadas, es decir, de acuerdo, para repartirse fabulosos contratos de la petrolera. Pagaron a funcionarios del gobierno y de la oposición. 

La legislación brasileña permite bajar condenas y dar detención domiciliaria si se denuncia a los que recibieron coimas. Las condenas no son sólo a políticos sino también a directivos de las empresas. Así Odebrecht hijo, condenado a prisión, está delatando coimas no sólo en Brasil sino en toda América Latina. 

La reacción de Temer ha sido un intento de enterrar las denuncias de corrupción acelerando un plan de reformas económicas que cuenta con el respaldo de los grandes sectores empresariales y de instituciones internacionales. Ahora la denuncia del grupo JBS también alcanzó a Lula y Dilma.

En el trasfondo de la crisis política se encuentra la crisis económica que afecta a Brasil. El PBI cayó 3,8% durante 2015 y 3,6% en 2016. Una caída significativa dos años seguidos no se veía en Brasil desde la crisis del 30. La devaluación del real alcanzó un 48% durante el 2015. El desempleo ya alcanzó un 13,2% según las estadísticas oficiales, es decir 13,5 millones de desocupados. Ya en el 2012 el PBI de Brasil había crecido sólo un 0,9% y desde entonces el gobierno de Dilma Roussef aplicó una serie de medidas de ajuste antipopular como reacción a los efectos de la crisis internacional y los problemas estructurales de la economía brasileña. Estos problemas fueron agravados por una prolongada sequía. Pero el PBI y el real siguieron bajando, mientras la desocupación fue en aumento. Se gestó entonces un golpe institucional, que destituyó a Dilma y puso a Temer en la presidencia.

La huelga del 29 de abril

Los trabajadores y el pueblo brasileño están de pie ante esta situación. Además de las manifestaciones callejeras y diversas expresiones de lucha que ya habían comenzado durante el último Mundial de Fútbol, el 29 de abril se realizó una huelga general convocada por centrales obreras como la CUT, sindicatos y movimientos sociales, contra “las reformas de Temer y los banqueros”. Es decir, contra las reformas en el régimen de jubilaciones, laboral, y contra las tercerizaciones. Hubo concentraciones en las más importantes ciudades. 

En San Pablo pararon el transporte y los metalúrgicos, bancarios, profesores, estatales, etc. El acceso al aeropuerto fue bloqueado por el Frente Pueblo sin Miedo. 70.000 personas participaron en una marcha hasta la residencia de Temer. Río de Janeiro, Porto Alegre, Pernambuco, Belo Horizonte, Goais, fueron escenarios de lucha. En estas dos últimas ciudades se llegó a 100.000 manifestantes. 

La protesta incluyó a sectores directamente afectados por las reformas, como los pequeños comerciantes, los docentes de la red privada y colegios religiosos. Tuvo el respaldo de gran parte de los obispos de la Conferencia Episcopal brasileña. También adhirieron las iglesias evangélicas.

La votación en el Senado de la reforma laboral podrá demostrar el alcance de la huelga. Es por eso que el gobierno retiró cargos a los aliados de diputados que habían votado contra la reforma y eran considerados de la base oficialista. 

Según el presidente de Unidad Popular, Leonardo Pericles, la gran adhesión a la huelga ayudará a cambiar la correlación de fuerzas en la lucha contra las reformas. 

Ahora, con los mismos objetivos está llamada una Marcha a Brasilia para el 24 de Mayo. También habrá concentraciones en distintas ciudades. Una vez más, la cuestión es quién paga la crisis. 

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 Irene Alonso para Hoy

Los 100 días de Trump

Han pasado los primeros 100 días de gobierno de Donald Trump en Estados Unidos. En este tiempo se han acelerado medidas de política interior y exterior de carácter fascista y belicista.

Las principales medidas de orden interno en estos primeros meses comenzaron con los ataques a los inmigrantes de origen musulmán, el prometido muro con México y un conjunto de medidas represivas contra los extranjeros que viven en Estados Unidos, como detenciones y deportaciones. Según un informe reciente, agentes de Agencia de Inmigración y Aduanas han detenido a más de 20.000 inmigrantes entre enero y mediados de marzo. Se agregaron disposiciones que amplían el poder a las fuerzas represivas, y medidas reaccionarias en el área de la educación (donde nombró a Betsy De Vos, favorable de la privatización de la enseñanza, al frente de la Secretaría de Educación). 

En los últimos días Trump logró –tras un primer intento fracasado- en el Congreso media sanción a la derogación del sistema del sistema de salud conocido como Obamacare. Si logra que el Senado apruebe su ley de salud, el gobierno de Estados Unidos dejará sin cobertura a cerca de 14 millones de personas, según denuncian asociaciones médicas y de pacientes. El sistema de salud de Trump, además, restringe la atención pública en casos de aborto, y transfiere a los estados una gran cantidad de cuestiones de las que antes se hacía cargo el sistema federal.

Hace pocos días, Trump firmó otra de sus “órdenes ejecutivas”, por la cual permite que las congregaciones religiosas participen libremente en el apoyo a candidatos para las elecciones, y las exime de obligaciones como proveer de anticonceptivos a sus empleados. Varios sectores, incluso religiosos, han salido a denunciar que esto ataca la separación de la Iglesia y el Estado.

Una política belicista

El gobierno de Trump, con la promesa de “América primero”, busca restaurar a EEUU como potencia industrial, cerrando sus fronteras y buscando que los monopolios yanquis que llevaron sus plantas a los países con mano de obra más barata como México o China, las “repatríen”. En este sentido también Trump ha roto tratados internacionales como el acuerdo Transpacífico (TTP), y busca revertir el saldo comercial con China, altamente favorable a este país, a tal punto que China se ha transformado en el mayor acreedor de Estados Unidos. 

Los monopolios petroleros se están beneficiando con la política gubernamental de despejarles “problemas” como el cuidado del medio ambiente reprimiendo a los originarios que se oponen a la construcción de oleoductos altamente contaminantes. Otro gran ganador es el llamado “complejo industrial militar” que se frota las manos con la política de expansión imperialista que pregona la actual administración.

La política exterior de Trump, que al principio apareció con sospechosas vinculaciones con el gobierno de Putin en Rusia y más enfrentado a China, tuvo distintas alternativas. En Siria se vio el límite de estos posibles acuerdos, con el ataque con misiles yanquis a una base militar del gobierno sirio, apoyado por Rusia. Trump ya le avisó a los gobiernos de Europa que hay que revisar los acuerdos de la OTAN, y que no va a pagar ni involucrarse en guerras en las que no estén en juego sus propios intereses. Son conocidas las declaraciones del presidente azuzando los enfrentamientos con Corea del Norte y el despliegue de tropas en Corea del Sur, así como sus halagos al fascista turco Erdogan.

Una reciente derivación de los postulados en política exterior de Trump es el despido del director del FBI, James Comey, quien estaba avanzando en la investigación de las vinculaciones del equipo de Trump con el gobierno de Putin. Recordemos que estos “extraños lazos” como los describe la prensa burguesa, ya le costaron el puesto al general Michael Flynn como asesor de Seguridad Nacional. Flynn se había reunido con el embajador ruso antes de asumir Trump la presidencia. 

Miles en las calles contra Trump

La lucha popular en Estados Unidos no cesa. Todos los días hay manifestaciones de distintos sectores (estudiantes, afroamericanos, musulmanes, mujeres, ambientalistas, entre otros). A fines de abril se llevó a cabo la “marcha de la ciencia” en Washington y otras 250 ciudades motorizada por cientos de organizaciones científicas, ambientalistas y de derechos humanos de todos los grupos étnicos. Decenas de miles marcharon contra las medidas de Trump que restringen el control del cambio climático, autorizando la expansión de industrias como la minería y la petrolera, sin detenerse en el impacto ambiental sobre las poblaciones. El 29 de abril –al cumplirse los 100 días de Trump- hubo nuevas actividades, como la “marcha de los pueblos”, también multitudinaria. El 1° de Mayo las concentraciones se centraron en el reclamo de los derechos de los trabajadores inmigrantes, con consignas como “sin manos no hay cosecha”, en algunas zonas agrícolas. Hubo represión en algunas ciudades. El 4 de mayo Trump fue recibido con un masivo cacerolazo en Nueva York, en el que confluyeron distintos sectores.

Como remarcan distintos sectores opositores y de izquierda en Estados Unidos, centenares de miles de personas se han movilizado entre los últimos días de abril y los primeros de mayo, mostrando un crecimiento del descontento frente al gobierno de Donald Trump.